La ciencia del miedo

El miedo, además de ser una herramienta de supervivencia, se ha convertido en una de las emociones que más se exploran en el mundo de la cultura y el entretenimiento ¿Cómo puede la ciencia explicar este fenómeno?

Jueves 31 de octubre de 2024.- Sentir miedo es parte de la naturaleza humana, al igual que la de muchos seres vivos. Pero pese a que es una emoción que nos acompaña desde nuestros principios en la Tierra, sigue despertando dudas y confusiones. Afortunadamente, la ciencia ha permitido lograr grandes avances para esclarecer el misterio alrededor de preguntas como ¿qué es el miedo? ¿por qué lo sentimos? ¿Cómo esta emoción ha cambiado a lo largo de la evolución?

Aunque desde hace tiempo disciplinas como la biología, la sociología y el psicoanálisis se interesaron en su estudio, no fue sino hasta hace pocas décadas que la historia también comenzó a considerarlo tema de investigación, junto con otras emociones relacionadas, dentro del campo de las ideas, la cultura y las mentalidades. Por esta razón, el miedo aún es escasamente tratado como protagonista en los estudios históricos, junto a la complejidad que conlleva estudiar un tema así, que implica racionalizar algo que puede ser muy subjetivo y depende de muchas variables.

Aún así, el estudio de las emociones, especialmente por parte de la neuropsicología, ha permitido llegar a definir el miedo como una emoción primaria que se activa de manera instantánea en respuesta a una amenaza, ya sea real o percibida. Se puede definir como una reacción psicológica y fisiológica que prepara al organismo para enfrentar una situación peligrosa. Este proceso involucra tanto componentes emocionales como fisiológicos, y es fundamental para la supervivencia.

Aunque para muchas y muchos resulta incómodo, lo cierto es que el miedo ha permitido siempre a los seres humanos identificar y reaccionar ante situaciones que pueden poner en riesgo su vida o bienestar. Puede manifestarse de diversas maneras, como lo son la ansiedad, pánico o fobias, dependiendo de la intensidad y el contexto.

A nivel corporal, el recorrido del miedo comienza en la amígdala, una parte del sistema límbico del cerebro que es fundamental para reconocer las amenazas y procesar las emociones. Al percibir una amenaza, la amígdala envía una señal de auxilio a un centro de mando del cerebro conocido como hipotálamo. Este órgano le indica a los sistemas nervioso y endocrino que liberen hormonas y neurotransmisores como cortisol, dopamina, noradrenalina y adrenalina. Los neurotransmisores liberan las neuronas del sistema nervioso, mientras que las hormonas liberan las glándulas suprarrenales, un par de glándulas endocrinas situadas encima de los riñones.

Esta reacción ocurre en cosa de segundos y nos ayuda a aumentar la energía y la concentración, fortalece los músculos y nos prepara para enfrentar el peligro. Tradicionalmente se conoce a este proceso fisiológico como reacción de lucha o huída, destacando aquellas opciones como dos alternativas posibles al momento de enfrentarse a una amenaza.

Hoy en día, algunas personas del mundo de la psicología y disciplinas relacionadas al comportamiento humano proponen más opciones con las que se tiende a reaccionar. A la lista se han integrado ideas como aquellos que se paralizan cuando se sienten amenazados o incluso quienes intentan suavizar a la causa del miedo a través de tácticas emocionales o físicas.

Sea cual sea la forma en que lo manejamos, el miedo es natural. Y, aunque los miedos humanos ya no se ven reflejados habitualmente en grandes depredadores o peligros naturales, como solía ser en la prehistoria e incluso varios siglos más tarde, sigue formando parte de nuestra cotidianidad. Todo aquello que parezca amenazante, aunque sea algo tan pequeño como una araña, puede activar en el ser humano esa respuesta primitiva que busca alejarse de la posibilidad de salir lastimado.

¿Nos gusta sentir miedo?

Por otro lado, ya que el miedo es una de las emociones más antiguas, diversos aspectos de la vida cultural y social está influida de cierta forma por él, al igual que con otras emociones como la alegría o la ira. Por esa razón no debería sorprender la cantidad de libros, cuentos, poemas, canciones, películas y series que usan el miedo como principal fuente de inspiración.

De la misma manera en que existen personas que disfrutan habitualmente de deportes de alto riesgo, para muchas y muchos el sentarse a ver una película de terror o escuchar música tenebrosa despierta una fascinación distinta a cualquier otro tipo de contenido.

Películas como It: Chapter One (2017) de Andrés Muschietti y El sexto sentido (1999) del cineasta M. Night Shyamalan han recaudado más de 600 millones de dólares. Algunos ejemplos más recientes, como La sustancia (2024) de Coralie Fargeat, ya suman más de 100 mil espectadores desde su estreno y siguen en aumento.

Suena contradictorio, ¿por qué se ha vuelto una costumbre para muchas personas exponerse a esta emoción, pese a que la naturaleza humana busca siempre la opción más segura y cómoda?

Distintos especialistas de la psicología han descrito este fenómeno como “la paradoja del terror” y consiste, a grandes rasgos, en que sentir miedo en circunstancias específicas puede llegar a ser divertido.

El director del Centro de Estudios en Neurociencia Humana y Neuropsicología (CENHN), Francisco Parada, afirma que “el miedo tenemos que pensarlo como una emoción super compleja. Tiene un componente fisiológico, que incluye a todo nuestro cuerpo, tiene un componente psicoemocional, que es lo que llamamos mente, y el medioambiente, que vendría a ser cómo y dónde se experiencia”.

De acuerdo al experto, estos tres factores aparecen en el género del terror. “Si bien el terror parece ser aversivo, algo que la gente no quiere, el hecho de tener un contexto de película, de juego o de libro de terror, te da esa experiencia de emoción de manera segura, cuidadosa y significativa. Es importante este tipo de simulación”, agrega.

Algunos estudios que refuerzan esta idea han sido publicados por expertos del Laboratorio de Miedo Recreativo de la Universidad de Aarhus en Dinamarca. En relación a esto su director, Mathis Clasen, ha afirmado que  esto se debe a una combinación entre una subida de adrenalina y una oportunidad para aprender a enfrentar escenarios de miedo dentro de un entorno seguro.

Otro estudio publicado en la National Library of Medicine de Estados Unidos examinó una muestra de 262 adultos antes y después de que entraran a una “casa embrujada”. Del total, casi la mitad aseguró sentirse mejor después de haber participado en el experimento.

“El género del terror permite vivir cognitivamente esa experiencia que tu sabes que no va a ser placentera si ocurre en la vida real”, explica Francisco Parada, quien también fue entrevistado para el episodio “Perderle el miedo a la oscuridad” del podcast Volver a la Tierra del Centro Interactivo de los Conocimientos. En el capítulo explica de dónde nace este miedo tan común y profundiza en aspectos de esta emoción que se relacionan con la oscuridad y la incertidumbre que nos genera.

Según el investigador, tener la posibilidad de simular e involucrarse emocionalmente en esas historias en espacios no reales ayuda a generar vínculos y hasta experiencias de pertenencia.

“El medioambiente es esencial en este tipo de respuestas. En el cine, en un juego o en literatura, el hecho de estar en un simulacro social y la posibilidad de estar con otros es una cosa que permite el terror que nos gusta. Eso es algo que genera emociones que van mucho más allá del miedo”, concluye el académico.

Aunque esto no sea la realidad para cada persona, sin duda representa el caso de muchas, quienes habitualmente disfrutan del género del terror y encuentran en él una satisfacción que a otros puede parecerles extraña o incorrecta.

Pese a lo anterior, el miedo representa una emoción más en el extenso abanico del que disponen los seres humanos y, al igual que la alegría y la tristeza, sigue siendo de mucha importancia para la vida en sociedad.